Leonardo Valdés estaba de pie en el estudio de su mansión, mirando el teléfono fijo como si pudiera obligarlo a sonar. Habían pasado casi seis horas desde que Maximiliano lo llamó desde Valtris, con esa voz temblorosa diciendo que Ariadna no había llegado, luego se supo que había comprado un boleto a Londres en lugar de volver a casa. Desde entonces, la preocupación había crecido en su pecho como una bestia que no podía controlar.
Había intentado llamarla una y otra vez, cada tono sin respuesta