Habían pasado cuatro años desde que Aisha Valdés salió de prisión.
Cuatro años de completo silencio. Sin llamadas, sin visitas. Su padre le había cerrado todas las puertas. No había familia esperándola al otro lado del muro. Ninguna madre que la abrazara. Ningún apellido que la protegiera. Leonardo Valdés había sido claro: "A partir de hoy, no eres mi hija".
Sola, marcada por un apellido que ya no la reconocía, Aisha hizo lo único que sabía hacer: sobrevivir. Y en su mundo, eso significaba una