Ariadna y Camila estaban sentadas en una esquina de la sala de espera, en silencio, mientras el reloj marcaba lentamente las diez de la mañana.
Ariadna no había pronunciado una sola palabra desde que llegaron, su mirada perdida en el suelo, sus manos entrelazadas sobre su regazo y su rostro más pálido que nunca.
Camila la observaba de reojo, preocupada. Quería decir algo para tranquilizarla, pero sabía que cualquier palabra podía ser malinterpretada en ese estado de nerviosismo extremo. En camb