Maximiliano se dejó caer en la silla de su despacho, frotándose las sienes con ambas manos.
La confusión lo invadía, una mezcla de emociones que no sabía cómo manejar. La imagen de Ariadna en su cama, con su cabello rojizo desparramado sobre las almohadas, seguía nítida en su mente. Había algo en ella que lo inquietaba profundamente, una mezcla de irritación, frustración y un deseo que no quería reconocer.
No podía confiar en ella. Eso lo sabía con certeza. Ariadna Valdés era un peligro, una tr