—Por favor... no me hagas esto...
—Me lo agradecerás en el futuro—dijo su padre.
—¡No quiero! ¡No debes obligarme! ¡Te lo suplico!
El dolor de su hija no importaba, aquello era por un bien mayor, según lo que creía y consideraba Leonardo Valdés.
Ariadna seguía luchando con todas sus fuerzas, sus manos agitándose sin descanso mientras las enfermeras y los doctores intentaban sujetarla. Sus muñecas ardían bajo la presión de los dedos que las aprisionaban, pero ella no se rendía. Gritaba con cada m