Camila llegó a casa temprano, a las diez de la mañana, con el corazón apretado por la decisión que había tomado.
Al entrar, encontró a Ariadna sentada junto a la ventana, absorta en sus pensamientos. Su hija parecía quebradiza, con la mirada perdida hacia la calle y las manos entrelazadas, como si quisiera encontrar consuelo en el silencio. Camila se acercó a ella, dejando su bolso en la mesa, y le dio un beso en la mejilla. Luego tomó una silla del comedor y la arrastró para sentarse frente a