Su cabello era blanco, al igual que sus ojos. Su piel era pálida, casi traslucida. Llevaba un largo vestido blanco, reluciente. No entendía cómo es que flotaba, a tan solo unos centímetros del agua. Aterradora, hermosa, cautivante.
—¿Quién eres? —tartamudeé.
Ella solo sonrió, enigmática. Comenzó a acercarse a mí, sin dudar. Tenía miedo, pero eso duró poco. Apenas la tuve cerca, pude notar quién era.
—Madre luna —bajé la mirada, avergonzada.
Mi loba me obligó a hacerle una reverencia, dándole el