—¡Nate! —grité, persiguiéndolo.
Mi camisa se había empapado con el olor de mi sangre, pero no podía detenerme. No era tan rápida como un hombre lobo, mi cuerpo seguía siendo bastante humano. El dolor también me impedía correr más rápido, sin embargo, lo intentaba. No pude pensar con claridad cuando noté que mi alma gemela me abandonaba y huía hacia el bosque.
¿De qué estaba huyendo exactamente? ¿De mí? ¿De lo que había hecho? Yo no lo culpaba, sabía mejor que nadie que Nathan nunca me haría dañ