—Buenos días, conejita —ronroneó, muy cerca de mi oído.
Me sonrojé un poco al verlo tan cerca de mí, pero luego recordé todo lo que había sucedido la noche anterior y me sonrojé aún más. Habíamos pasado la noche juntos, como era común en nosotros. Saber que él sentía lo mismo que yo, fue la mejor sensación. Quería quedarme junto a él así, cerca, tan cerca que podía escuchar los latidos de su corazón.
—Buenos días, lobito —respondí, en medio de un bostezo.
—¿Dormiste bien? —Preguntó, demasiado s