—¿Usted qué hace aquí? —pregunté, aún aturdida, sin darme cuenta de que me encontraba en la casa de los Forteng y no en la mía.
Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios. —Esa pregunta la debería hacer yo... ¿no cree?
El rubor me cubrió las mejillas al percatarme de mi error. —Tiene razón. Comenzaré de nuevo.
Hice una leve reverencia, ajustando mi agarre en el pesado lienzo. —Buenas tardes, señor. Vengo en busca de la señorita Charlotte.
—Buenas tardes, distinguida dama —respondió con un tono