La puerta se abrió de golpe, y allí, de pie bajo la lluvia que comenzaba a caer, estaba Eric. Sus ropas estaban desordenadas, su cabello revuelto, y en sus ojos ardía una mezcla de desesperación y ternura.
—Evangeline —susurró, con una voz que se quebraba—. Por favor, déjame explicarte.
Antes de que pudiera responder, se arrodilló allí mismo, en el lodo del camino, ignorando por completo su posición real y las miradas curiosas que comenzaban a acumularse.
—Le diste el mismo collar. No, más bell