Me quedé paralizada, sus palabras resonando en mis oídos con la fuerza de un trueno íntimo. El calor que me abrasaba las mejillas ahora se extendía por todo mi cuerpo, un fuego lento y dulce que él había encendido con solo un susurro.
—Harry —logré decir, y mi voz sonó extrañamente ronca, cargada de una mezcla de reproche y fascinación—. Eso es… inapropiado.
—¿Lo es? —preguntó, sin soltarme, sus pulgares trazando círculos hipnóticos sobre la seda de mi vestido, justo por encima de las caderas—.