La mañana llegó, aunque yo llevaba horas despierta. O tal vez soñando despierta. No lo sabía con certeza. Solo sé que vi desfilar cada tono del amanecer y no supe si era por el insomnio de la felicidad o porque mi corazón se negaba a perderse un solo instante de este nuevo día. Todo, desde la luz filtrándose por las rendijas hasta el sonido lejano de los establos, parecía envuelto en una perfección serena.
Mis doncellas, Elena y Diana, llegaron y se sorprendieron al encontrarme ya en pie, senta