Esa noche, mientras los trillizos dormían profundamente en su habitación —Liam abrazado a un peluche deshilachado, Noah con un cuaderno de dibujos aún abierto a su lado, y Alex murmurando en sueños—, un nuevo golpe sacudió la frágil calma del refugio. Afuera, el viento silbaba entre los árboles con una insistencia casi profética.
En la sala de control, Sophie revisaba datos en su portátil cuando una notificación urgente parpadeó en la esquina de la pantalla. Era de Dalia. El asunto: “URGENTE –