La mañana amaneció limpia, tranquila, casi irónica. Como si el universo jugara a disfrazar las tormentas con cielos despejados.
En la cocina, el aroma del café recién hecho se mezclaba con el de las tostadas dorándose. Sophie se movía entre la encimera y la mesa con pasos suaves, firmes, casi bailando. Su bata blanca se ceñía a su figura con naturalidad y su cabello, recogido a medias, dejaba escapar mechones rebeldes que le caían sobre la frente. Tenía ojeras sutiles, sí —los trillizos eran un