La confrontación
El aire nocturno de Londres era frío y cortante, pero Logan no lo sentía. Desde el interior de su SUV Mercedes negro, estacionado en una esquina discreta frente al Hotel Savoy, observaba la salida de la gala con una intensidad que rayaba en la obsesión. Sus manos apretaban el volante con tal fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos. Un músculo en su mandíbula palpitaba sin tregua, mientras las palabras de Sophie —“Los trillizos son de Mateo”— resonaban como un eco de