Mientras tanto, en el penthouse, el silencio era espeso, roto solo por el murmullo de la ciudad que vibraba más allá de los ventanales. Sophie estaba sentada frente a la pantalla del portátil, el rostro iluminado por la luz azulada de la videollamada con Elena Ramírez, quien desde Londres coordinaba la seguridad de los nuevos centros Renacer. Los trillizos dormían, y el eco de su respiración le parecía lo único verdaderamente seguro en su vida ahora mismo.
Sophie frotó su sien, como si pudiera