Un mayordomo los recibió en la entrada, y antes de eso los lacayos se habían encargado de dirigir a los cocheros y ayudar a las damas a bajar de los carruajes. Al entrar a la mansión del Conde de Blakewells todo era de ensueño, el lugar estaba gloriosamente decorado, la luz entraba a raudales a través de las inmensas ventanas que iban desde el piso hasta el techo y los colores claros predominaban en la estancia, o al menos en las que ella había visitado. El azul pálido, el dorado y el blanco, e