Cuando regresaron al yate y la condujo al camarote principal y no hizo ni siquiera el intento de besarla, solo escucho cerrarse la puerta con firmeza al salir. Salvatore se quedó de pie, inmóvil, apretando las manos y tratando de controlar su deseo por la mujer, de la que ahora estaba seguro no era su esposa, pero que, sin duda, era la mujer que amaba.
Antes de decirle la verdad, tenía que estar seguro de quién era, conocer su verdadera identidad y que relación tenía con Sydney y si después de