CAPÍTULO 33
Sus ojos la devoraron.
—Vístete, mi amor…
Elizabeth se quedó inmóvil, mirándolo, mientras la furia crecía dentro de ella. Sostuvo con fuerza la toalla y luchó sin éxito por contener la rabia que la invadía.
—¿Cómo te atreves? —rugió—. ¿Cómo te atreves a venir aquí, después de tanto tiempo, sentarte como si fueras el señor del universo y decirme que me vista?
—Así que me echaste de menos, ¿eh? —comentó el tranquilo.
—¡No, maldita sea! No te extrañe para nada. Di gracias a Dios de que