CAPÍTULO 25
Al día siguiente, bajó a desayunar, con grandes ojeras, consecuencia de su mala noche. Salvatore clavó sus ojos en ella, su expresión era entre curiosa y triste. Paolo mantenía su atractiva personalidad, divirtiendo a su abuela hablando de sus travesuras infantiles.
Sydney se sentó en la orilla de la silla, abrumada por el miedo, pero a la vez ansiando la cercanía de su marido.
—Pareces enferma, amore. Tal vez será mejor que descanses —había una orden suave, pero muy clara, en las p