EPILOGO.
En algún lugar de Chicago…
—Honestamente, Salvatore — digo, mientras mi mundo permanece en la oscuridad detrás de una venda de seda —No sé de qué se trata todo este secreto, soy mala para las sorpresas.
Sus manos están sobre mis hombros llevándome ... a alguna parte. Todo comenzó hace unas seis horas cuando condujimos a un campo de aviación privado y él me acompañó a un avión, el suyo, mi flamante esposo, ahora era dueño de un avión más lujoso y moderno. Me vendaron los ojos durante la duració