Capítulo sesenta y ocho. La herida invisible.
El mar del Egeo amaneció sereno, pero en el aire había una tensión que no se disolvía ni con la brisa salada.
El yate privado de Andreas Konstantinos se acercaba al puerto de Mikonos mientras los primeros rayos del sol doraban el agua.
A su lado, Niels Krueger permanecía en silencio, revisando los últimos informes en su tableta.
—¿Seguro de volver tan pronto? —preguntó al fin.
—Nunca debí irme —respondió Andreas, con los ojos fijos en el horizonte—.