Capítulo cincuenta y cinco. Sombras sobre Atenas.
El sonido de los motores del jet privado se mezclaba con el zumbido constante del viento.
A través de la ventanilla, el mar Egeo se extendía como un espejo de plata.
Andreas Konstantinos permanecía en silencio, con la mandíbula tensa y los puños cerrados sobre las rodillas.
El viaje a Atenas no debía ser largo, pero la tensión hacía que cada minuto pesara como una hora.
Frente a él, Ariadna sostenía a Helios en brazos, cubriéndolo con una manta.