Capítulo cuarenta y ocho. El precio de la guerra.
Los días siguientes fueron una mezcla de calma tensa y silencios rotos. La villa estaba más custodiada que nunca: hombres armados patrullaban los alrededores, cámaras controlaban cada rincón, y aun así, Ariadna sentía que el peligro se colaba por las rendijas, invisible e inevitable.
Andreas no se apartaba de ella más de lo necesario. Pero cuando lo hacía, sus ausencias eran largas y llenas de secretos. Pasaba horas encerrado en llamadas, reunio