Capítulo treinta y ocho. La trampa de Leonidas.
La mañana amaneció clara sobre Atenas, pero en la villa de Andreas el ambiente estaba cargado de tensión. Ariadna se despertó entre sábanas suaves, con el calor protector del cuerpo de Andreas junto al suyo. Por un instante, se permitió olvidar las sombras que los rodeaban. Pasó la mano por su vientre y una sonrisa breve y temerosa iluminó su rostro.
—Buenos días —murmuró Andreas, medio dormido, envolviéndola en sus brazos.
—Buenos días —respondió