Capítulo treinta y cuatro. La mente que conspira
Lo primero que hizo Lily cuando llegó a casa con su marido fue salir corriendo a comprobar que su hijo estaba bien. Y por fortuna lo estaba.
Casi sin aliento por la carrerilla que había marcado en esos pocos metros, se quedó recostada en el marco de la puerta mirando como la nana de su hijo mecía la pequeña cuna.
Recostó después su propio cuerpo en el de su esposo que la asió contra si por detrás, teniendo la misma urgencia que ella de ver a su