El impacto la dejó sin aliento.
Sus ojos se cruzaron: los de él, oscuros y dominantes; los de ella, amplios, asustados.
El corazón le latía con fuerza, el pecho subía y bajaba con rapidez.
La bandeja cayó al suelo con un estrépito metálico.
No podía creer que Alexander la hubiese arrastrado hacia sí con una sola mano. Era demasiado fuerte.
—¿A dónde crees que vas sin mi permiso? —preguntó él, su voz baja, pero cargada de peligro.
Maya estaba sentada sobre sus piernas, con el cuerpo presionado c