Cayeron rendidos a su lado, en distintas posiciones, pequeños y llenos de ternura.
Alexander se recostó en la cama, con el teléfono aún en la mano.
En la pantalla brillaba la llamada perdida más reciente.
Maya.
Sus ojos permanecieron fijos en el nombre.
¿Todavía sabía cómo llamarlo?
¿O lo había hecho solo por los niños?
Los ojos oscuros de Alexander adquirieron una profundidad insondable.
No podía haber sido Maya quien llamó.
Según su carácter, no se limitaría a hacer una sola llamada. Si él no