El miedo le oprimió el pecho.
Las lágrimas brotaron sin que pudiera contenerlas.
¿Y si los habían secuestrado?
Corrió por el pasillo, desesperada, pero justo cuando llegó al área de los ascensores, se detuvo en seco.
Un hombre de la alta dirección salía del ascensor acompañado de tres pequeños que caminaban con pasos torpes y alegres.
Sus hijos.
—¡Ahí están! —susurró, sintiendo cómo el alma volvía a su cuerpo.
El alivio fue tan grande que casi se derrumba.
A toda prisa, los apartó a un rincón p