La puerta se cerró.
Maya se quedó sola con él.
El pánico le recorrió la espalda.
—¿Vas a quedarte ahí de pie mientras me hablas? —preguntó Alexander con tono indescifrable.
Maya miró el sofá y se sentó a su lado.
—¿Te dije que te sentaras?
Ella se quedó rígida.
Entendió el mensaje.
No podía estar de pie.
No podía sentarse.
Entonces, ¿qué esperaba de ella?
Maya apretó los dientes.
Jamás se pondría en cuclillas frente a él.
Jamás se rebajaría de esa manera.
Maya colocó la copa de vino en la mano