37. La Última Guardiana
En la superficie, el caos se mantenía. La loba que había osado darle un golpe fue llevada a recibir cinco latigazos por su agresión.
Aria se había acomodado en una silla como si le perteneciera, actuaba con una natural espeluznante.
—Yo no rompí el escudo —dijo sin inmutarse—. Fue un soldado de Agua. Vino a advertirnos de un ataque y murió al hacerlo. La magia del río contaminó la barrera.
Era una pequeña mentira, pero serviría a su propósito: hacer que se peleen entre ellos. Si lograba ha