Valentina tomó la decisión un miércoles por la mañana.
No fue un proceso largo. Fue la conclusión natural de semanas de vivir en Madrid con el permiso de trabajo provisional, el piso de Lavapiés que olía a guiso y a madera, el restaurante donde llevaba dos años haciendo empanadas los martes y viernes, y una hija a cuatro calles de distancia que tenía sus mismos ojos y dos nietos que hacían aviones de papel.
Fue a ver a Laura al piso de Chamberí.
—Me quedo —dijo, sin preámbulo, cuando Laura le a