Las tres noches siguientes, Laura leyó cartas.
No todas de golpe. No con la velocidad de quien quiere terminar. Con la lentitud de quien sabe que lo que está leyendo no se puede deshacer una vez leído y que merece el tiempo que merece.
Cada sobre era un año.
Cada carta tenía la misma tinta azul, la misma letra apretada, y el mismo punto de partida: dónde estaba Valentina ese año, qué estaba haciendo, qué había intentado que no había funcionado.
1993: Buenos Aires. La firma en el orfanato. El tr