Don Raúl llamó a las siete de la mañana.
No llamaba nunca a esa hora.
En los años que llevaba en Madrid, Don Raúl había establecido el hábito de llamar después de las nueve, que era cuando consideraba que cualquier adulto razonable podía estar despierto y disponible sin que la llamada supusiera una intrusión en el tiempo de la mañana que cada persona necesita para convertirse en la versión del día de sí misma.
Las siete de la mañana era una hora diferente.
Laura lo supo antes de coger el teléfo