El apartamento de Patricia Echeverría no tenía nada de la firma.
Sin mármol. Sin arte seleccionado por un decorador. Sin esa frialdad calculada que tienen los espacios diseñados para impresionar.
Tenía libros. Muchos. En estanterías que llegaban al techo, desbordando las baldas en pilas horizontales, con marcadores de papel y post-its de colores en los lomos. Una mesa de trabajo con tres portátiles abiertos. Una planta que no estaba del todo bien pero que tampoco había muerto todavía.
La cocina