El veinte de diciembre amaneció frío y despejado.
No el frío húmedo de noviembre que se cuela entre la ropa sino el frío seco de diciembre en Madrid, el que hace que el aire brille un poco y que el sol cuando sale sea más agradecido porque uno sabe que no va a durar.
Laura se despertó sin saber exactamente qué esperaba del día.
Álvaro le había dicho: el veinte de diciembre, ¿puedes? Y ella había dicho que sí y no había preguntado más porque había aprendido que Álvaro cuando pedía tiempo necesit