La boda se celebró un sábado de marzo.
La finca de Santi Echeverría estaba a cuarenta minutos de Madrid, en la dirección de la sierra, y tenía esa arquitectura de las casas que han sido construidas en distintas épocas y que por eso tienen una coherencia imperfecta pero viva: una parte de piedra, una galería añadida más tarde, un jardín que había crecido sin que nadie le dijera exactamente a dónde.
Cincuenta personas.
No más.
Esa había sido la condición de Laura: que la boda fuera pequeña. No po