Laura voló a Tokio en octubre.
No era el primer viaje. Era el tercero desde que el proyecto del complejo residencial en la orilla del Sumida había entrado en fase de ejecución. El segundo había sido en agosto con Álvaro. Este era solo: reunión con Kenji Watanabe para revisar el estado del proyecto y firmar la prórroga de contrato que los ingenieros japoneses habían solicitado por los retrasos en los permisos de construcción.
Vuelo nocturno. Trece horas. Laura durmió cinco y trabajó el resto.
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