El despacho de Laura, a las ocho de la mañana, tenía la luz tranquila que solo existe antes de que el resto de la casa termine de despertar.
Las cuatro imágenes en la pared, ya familiares después de tanto tiempo, recibían la primera luz del día con esa quietud particular de los objetos que han encontrado su lugar definitivo.
La caja, en el estante, esperaba con su peso conocido.
El portafolio que Laura usaba ahora era distinto al que había cargado durante tantos años: más moderno, de cuero suav