La puerta del despacho de Laura se abrió con tanta violencia que chocó contra el tope de goma del suelo. Ivette entró casi cayéndose. Estaba pálida, del color de la ceniza. Tenía los ojos desorbitados y respiraba por la boca, en jadeos cortos y asustados, como si hubiera corrido cinco kilómetros huyendo de un depredador.
Laura, Bruno y Pati estaban revisando el mapa de los Valverde en el escritorio. Se giraron de golpe. —Ivette —dijo Laura, acercándose de inmediato—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien? Ive