El despacho de Bruno apestaba a café recalentado y a tinta de impresora.
Sobre la mesa, el mapa penal que acababan de trazar parecía un monstruo de tres cabezas, pero la atención de Bruno estaba fija en un documento que acababa de sacar de una carpeta marrón. Tenía los bordes amarillentos. El sello del registro mercantil de Madrid estaba fechado en 1988.
—Fundación Herrero-Jones —dijo Bruno, deslizando el papel hacia Laura—. Inscrita hace casi cuarenta años. Laura lo tomó. El papel era áspero al