Blanca estaba de pie en mitad de la clase con los puños apretados.
La profesora de Lengua también estaba de pie, delante del ordenador que había mantenido girado a un ángulo deliberadamente ambiguo durante toda la mañana, con los brazos cruzados y los ojos en la pantalla.
El número había aparecido.
Blanca lo leyó dos veces.
312 a favor.
Bajó los puños.
Respiró.
Y sin decir nada, cogió el teléfono del pupitre y llamó a Laura.
—Mamá.
—Ya sé.
—312.
—Ya sé, Blanca.
—¿Estás bien?
Pausa.
—Estoy bien