Blanca llegó a Madrid un jueves, sin avisar.
Laura escuchó el timbre a media tarde, sin esperar visitas, y se encontró con su hija en la puerta, con una maleta pequeña en la mano y una sonrisa que parecía contener algo más que la simple alegría de un reencuentro.
—Tengo cuatro días —dijo Blanca, antes incluso de saludar formalmente—. Sin agenda. Sin reuniones. Sin nada.
—¿Cuándo decidiste esto?
—Esta mañana. Miré el calendario y vi un hueco que nunca tengo. Cogí el primer vuelo.
Laura la dejó p