Las horas hasta las nueve en punto se estiraron y se contrajeron con una tensión cruel y elástica. Leila se movía por la casa como un autómata, realizando las tareas cotidianas de su vida: llenar el lavavajillas, doblar la ropa, mientras su mente era una prisión de imaginaciones vívidas y vergonzosas. La sensación fantasma de los dedos de él dentro de su boca, el recuerdo de su sabor, el peso e intensidades imaginados de su miembro sobre su lengua… aquello era un tormento.
Cumplió la Regla Dos