La semana transcurrió en una neblina de noches de insomnio y días de pánico constante. Cada vez que sonaba el teléfono del centro, cada vez que un coche con aspecto oficial reducía la velocidad fuera, una descarga de terror sacudía el sistema de Eleanor. Seguía con sus rutinas, guiando manos pequeñas con pinceles, mezclando esmaltes, cuadrando los escasos libros de contabilidad, pero era un fantasma en su propia vida. Su mente estaba atrapada en aquel ático estéril, bajo el peso de las manos de