La limusina era una bóveda rodante de acero negro pulido y cuero flexible, silenciosa como una tumba. Eleanor, que llevaba el vestido esmeralda tal como se le había ordenado, se sentía como un espécimen bajo un cristal mientras las luces de la ciudad se deslizaban tras las ventanillas tintadas. No se había arreglado para la ocasión; simplemente había obedecido. La tela, que en la gala benéfica le había parecido una armadura, ahora se sentía como un uniforme de rendición.
El coche no se detuvo a