El espacio rústico e industrial-chic del Centro de Artes Comunitarias Vance olía a arcilla húmeda, trementina y café. La luz del sol se filtraba a través de los altos ventanales cubiertos de mugre, iluminando las motas de polvo que bailaban sobre los tornos de alfarería y los caballetes. El bajo zumbido de un horno y el parloteo de los niños en un aula lejana formaban una sinfonía de vida sin pretensiones.
Eleanor Vance, con unos vaqueros salpicados de pintura y una camiseta de un grupo musical