El lujoso ático resplandecía bajo la luz del atardecer; los ventanales de suelo a techo mostraban la reluciente silueta de la ciudad.
Isabella, una joven de veintitrés años con ojos grandes e inocentes y una figura curvilínea de la que aún estaba aprendiendo a adueñarse, se alisó nerviosa la seda de su pequeño vestido negro. Era demasiado ajustado, demasiado corto; una elección que había tomado en un momento de salvaje rebelión contra su vida tranquila. Estaba allí para una entrevista para el p