El muchacho daba vueltas por su habitación como un león enjaulado. No había dormido en toda la noche y su rostro mostraba los signos de una angustia evidente. Estaba visiblemente desmejorado, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño.
Sus padres intentaron calmarlo, pero desde que había llegado a su casa no hacía más que fumar y beber, sumido en una tormenta emocional.
Lucía entró en la habitación, aún con el pijama puesto, y lo miró furiosa.
—¡Eres un estúpido, Pablo! —dijo, con el rostro